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sábado, 12 de julio de 2008

LA DISCIPLINA DE LOS NIÑOS

La tarea de todos los padres es guiar a sus vástagos hacia una vida responsable y madura. Es una tarea que requiere atención y tiempo para efectuarla eficazmente. Involucrada en esta función está la disciplina, que sencillamente se define como la enseñanza o entrenamiento que acostumbra al niño a llevar una vida respetuosa, recta y decente, para su propio bien y el de otros. La necesidad de proveer a los niños algo de buena dirección es ilustrada por el gran número de casos de delincuencia. "Un estudio de 12.592 menores, con problemas de conducta en un reformatorio en España muestra que en el caso de 12.003 de ellos fue la deficiencia del hogar la que los llevó a la conducta antisocial." Es obvio que vale la pena invertir el tiempo e interés que se requieren para infundir en nuestros niños el buen carácter, la madurez y la responsabilidad. Una razón bíblica para la disciplina y el entrenamiento de los niños es que son pecadores, siendo desde la infancia egoístas. Para el infante romper en lloriqueos a su necesidad física es algo natural, pero cuando tenga unos añitos y lo haga para desafiar a los padres, es otra cosa. Es el mismo ego pero en búsqueda de sus límites; hasta donde los padres lo permiten correr. Los padres tienen de Dios el encargo de dirigir a estos pequeños (comenzando cuando sí son pequeños) hacia el buen camino, evitando que anden desordenadamente hacia el otro extremo, la perdición. El Debate sobre el Castigo Siempre surge la pregunta: ¿Y qué de pegarle al niño? ¿Hay algo malo en darle azotes por su mala o irrespetuosa conducta? A este interrogante suele dársele dos respuestas bastante distintas y contradictorias. Por un extremo se oye a algunos sicólogos refiriéndose al castigo físico como si fuera un invento del diablo mismo. Aquellos maestros enseñan que al niño se le debe dejar en libertad para expresar espontáneamente sus impulsos y deseos. Esta educación de "libre iniciativa" o "democracia permisiva" ha dado funestas consecuencias para la salud social, aunque se estima que es una medida para contrarrestar el autoritarismo tradicional de los hogares de muchas sociedades, incluyendo la del mundo hispano. De todos modos podemos acertar que la crueldad y la violencia no tienen lugar en la disciplina. Por el otro extremo, se oye aquellos que promueven la azotaina como casi la exclusiva forma de disciplinar a sus niños, o por lo menos la primera medida para utilizar al corregirles. Christenson la expresa de la manera siguiente:
Si castiga a su hijo solo suficiente para hacerlo airarse y ponerse rebelde, entonces no ha ejecutado una disciplina completa y escritural.
Una paliza debe ir más allá del punto de la ira. Debe evocar un sano temor en el niño. Cuando un sano temor de la autoridad y disciplina de su padre ocupa la mente del niño, no habrá lugar para la ira. (El énfasis es de este autor.)
Casi nunca encontramos la verdad que queremos practicar en los extremos, sino por medio de balancear las verdades que ambos lados proponen. Ambos tienen razón pero lo llevan lejos de lo razonable y práctico.
Aquellos de la escuela de permisividad enfatizan correctamente que el amor es primordial en la crianza de los niños. La disciplina misma debe ser motivada por un profundo amor que estima a los niños capaces de vivir recta, sabia y decentemente. El amor verdadero se extiende a los retoños a pesar de sus acciones, confiando que al valorizarles, ellos mismos se darán cuenta del peso de sus acciones. El mismo amor actuará para rescatar y enderezar al niño cuando esté en peligro físico o moral. El amor que no se preocupa de corregir al niño, no es verdaderamente amor, sino indiferencia. (Proverbios 13:24.)
El doctor Dobson declara que el castigo es algo que no hacemos al niño, sino para el niño. Dice que nuestra actitud ante el desobediente vástago debe ser: "Te amo demasiado para permitirte que te comportes de esa manera." Un problema de castigar al niño corporalmente ha sido la posibilidad de crear traumas y rebelión en el niño zurrando con hostilidad y violencia. De perder los estribos emocionalmente al castigar al hijo es crear un modelo de violencia que naturalmente él tenderá a imitar en sus propias asociaciones. Por el otro lado, el doctor Dobson nos recuerda que el niño aprende por la naturaleza los dolores de caerse, quemarse, cortarse, etc. y que éstos no le enseñan a ser una persona violenta. Lo que se precisa aclarar es que la violencia y el castigo no son iguales. El doctor Bruce Narramore pinta el castigo en los términos más negros, disociando todo trato entre Dios y los cristianos y entre los mismos cristianos y sus hijos, reservándolo solamente para el justo juicio de los impíos y rebeldes contra Dios. Pero esto es forzar la Escritura a decir cosas que no dice. Claramente los azotes (castigo físico) forman parte del criterio bíblico en la disciplina. (Véase Proverbios 19:18; 23:13, 14; 29:15, 17; Hebreos 12:6.) La verdad es que el castigo es una de las formas para disciplinar, pero, por supuesto, no es la única ni, en muchas ocasiones, la mejor; pero, sin lugar a dudas, el castigo físico es una manera legítima de corregir a su hijo en determinadas circunstancias. Cabe preguntar. ¿bajo cuáles circunstancias se cree apropiado castigar al niño y hasta qué edad es efectivo? Dobson propone que el castigo es la manera indicada para corregir las rebeliones y desafíos de los niños, cuando con "sangre fría" rehúsan obedecer o hacen caso omiso a las instrucciones de los padres. Especialmente es una forma aconsejable para usar en tales casos entre los dos a diez años. No quiere decir que es la única manera de tratar estos problemas, más bien será mejor en algunos casos usarlo en combinación con otro(s) método(s) que más adelante se expondrán. El mismo doctor Dobson no cree en absoluto que el castigo es efectivo con adolescentes porque les hace sentir como si fueran niños cuando se sienten adultos. Dice que "la zurra es el máximo insulto". Aun ante la desobediencia no se justifica el castigo corporal al adolescente, sino se estima mejor privarle por un tiempo de privilegios o dinero, u otros tipos de retribución no físicas.

Los Principios de la Disciplina
He aquí unos seis principios para guiar a los padres en establecer un programa sano de disciplina para sus niños.

1. Hay Libertad en Establecer los Límites. Una paradoja misteriosa es que los niños desean ser controlados pero insisten en que sus padres ganen el derecho de controlarlos. Ellos siempre estarán estirando los límites que les pongamos, haciendo necesario que a veces les tengamos que corregir o aun castigar, pero seamos firmes en guardar los límites establecidos. Los límites proveen seguridad como las defensas de un puente sobre un río o un lago. La vida sin límites, igual que un puente sin defensas, causará sentimientos de gran inseguridad. Las reglas pueden ser simples o profundas. Una regla, que nuestra familia tiene, es que no se puede jugar con una pelota dentro de la casa, porque siempre terminamos rompiendo una lámpara o un adorno. La ley moral de las Escrituras sirve para formar unas reglas profundas y fuertes. Si uno aprende a vivir dentro de los límites del amor, la justicia, la honestidad, etc., experimentará la libertad que le ayudará a llegar a la madurez. En cuanto a las reglas, el doctor Henry Brandt sugiere tres cosas:
(1) deben ayudar al niño a saber lo que va a ocurrir y lo que se espera de él;
(2) deben ser alcanzables y razonables, motivándole al niño a querer trabajar para cumplirlas; y (3) deben ser pocas. Es sabio también permitir que el niño participe en elaborar las reglas que le van a regir.

2. Hay Que Respetar a los Niños
Si Quieren Que Ellos Respeten a los Padres. El tratar con dignidad a los niños paga los dividendos de respeto y honor que la Biblia manda que ellos expresen a sus padres. Hay que considerar su ego y no avergonzarlo o rebajarlo en presencia de sus amigos o de los demás niños de la familia. El niño debe sentir que sus padres realmente le quieren y se preocupan por él. Lo cierto es que la mala práctica de despreciar al niño, tarde o temprano, pagará dividendos de venganza. El doctor Dobson observa que un padre despiadado y violento puede intimidar a todo su hogar por un tiempo, pero si no respeta a sus hijos, ellos le demostrarán su hostilidad una vez alcanzada la seguridad de la edad adulta.

3. Hay Que Ayudar a los Niños a Escoger
Comportarse de una Manera Aceptable. Si las malas actitudes o malas mañas reinan entre los niños, hay que corregirlos. Si el niño está marcando la pared con un lápiz de color, déle una hoja de papel y enséñele que no debe pintar las paredes de esta manera. Si el niño tiene suficiente edad para que pueda ayudarle a limpiar la pared, será una buena lección que lo haga.

4. La Resistencia a las Reglas Demanda Más Acción Que Palabras.
Los niños a menudo forman el hábito de esperar hasta que los padres griten sus órdenes para comenzar a cumplirlas. La situación demanda que los hijos lleguen a asociar el tono de voz con el mando. Si decimos al niño que es la hora para bañarse e irse a la cama y notamos que él no responde, no debemos gritarle al respecto, sino levantarnos y, poniéndonos a su lado, llevarle inmediatamente a cumplir la orden. Los padres pueden entrenar al hijo a saber que es suficiente dar el mando una sola vez. Esto se hace por reforzar el mandato con acción inmediata si el niño no cumple de una vez el mando.

5. Hay Que Mantener la Buena Comunicación. Lo interesante es que después de ser castigado el niño suele buscar al padre que le zurró para asegurarse de su amor. Lo aconsejable es tomar al niño unos minutos después de corregirle y ponerle sobre el regazo para abrazarle y hablarle de su aprecio y de los buenos modales, el buen comportamiento, el respeto, etc. Es un momento tierno que debe aprovecharse. No es tiempo perdido, sino es invertido en la autoestima de su hijo. Al comenzar a una temprana edad a mantener abiertos los canales de la comunicación, se crea en el niño la confianza de que sus padres, en realidad, le quieren. Debemos ser cuidadosos y no rechazar al niño al castigarle o corregirle por un mal comportamiento. Podemos rechazar sus actos, pero a él como persona, siempre lo estimamos.

6. Sea Consistente con la Disciplina.
Haga que su sí sea sí y que su no sea no. Si declara que le va a castigar si repite la falta, cumpla su "promesa". El niño sabe cuando somos débiles en el cumplimiento de nuestra palabra y, en seguida pierde su respeto. También, los padres deben ponerse de acuerdo en cuanto a las reglas y la forma de disciplina. Los niños deben saber que los padres refuerzan el uno al otro en las decisiones; de otra manera los vástagos competirán por el afecto del padre más tolerante. Si surge una diferencia de opinión sobre cualquier asunto de la disciplina, es preciso arreglarla aparte y no en presencia de los niños.

Los Métodos de la Disciplina
Los factores que se consideran para seleccionar el método de disciplinar a los hijos son, por lo menos, dos:
(1) las diferencias de carácter y personalidad de los niños y
(2) la reacción del niño a un método determinado.

Todos los retoños son distintos y responderán diferentemente a los métodos de la disciplina. A uno, el padre tiene que solamente conversar para enderezar su modo de pensar o actuar, mientras que a otro es necesario ser más estricto para que preste atención y actúe obedientemente. Cómo responde el niño a la disciplina determina si el método es efectivo. Es sabio variar el método de corregir al hijo. A veces sirve una combinación de varias formas. El método de disciplinar que ya se ha mencionado es el del castigo físico que se puede usar en casos de irrespeto o el desafío con altivez a los padres. Otra manera de enderezar al hijo es por hablarle. Casi siempre es fructífero conversar con el hijo al respecto de su ofensa o falta antes de elegir la forma de disciplina que empleará. Aun la misma conversación "corazón a corazón" basta en muchas ocasiones para corregir la situación. Es saludable averiguar qué pasa con el niño, porque no es raro que lo que le está motivando a rebelarse o actuar mal es un problema de salud, malos entendidos en la familia o entre sus compañeros, problemas en los estudios, sentido de culpa, temor, ignorancia, resentimiento o algo por el estilo. Al permitirle ventilar su frustración y saber que sus padres le prestan atención, el niño estará estimulado a renovar y mejorar su modo de ser y hacer. El método de separación o aislamiento sirve muy bien cuando los niños pelean o no se comparten (por ejemplo, los juguetes). Aunque el castigo de negarles algo es funcional a través de toda su niñez y juventud, cuando son adolescentes este principio toma la forma de privarles de ciertos privilegios. Esto debe estar aplicado por un tiempo razonable y de acuerdo con la gravedad del error. Dos maneras positivas de disciplinar, que sirven de estímulo para los niños, son la de darles un buen ejemplo y la reforzar las buenas acciones y actitudes de ellos a través de recompensas, especialmente favores y privilegios. No es recomendable recompensarles siempre con dinero, porque puede infundir en los niños motivos inferiores. Una parte valiosa de la disciplina es nuestra actitud hacia los niños. El estar constante y latosamente regañándoles es mostrarles una falta de confianza, mientras que el actuar establemente en la disciplina encamina su comportamiento y manifiesta nuestras aspiraciones para que sus vidas sean ordenadas y responsables. Debemos darles un buen ejemplo, tratando de actuar hacia ellos con un amor estable. Debemos comunicarles los ideales de la vida cristiana, dándoles oportunidades para aprenderlos y ponerlos en práctica. Aquel sentido de confianza que reciben de los padres es inapreciable y animan a los niños a acostumbrarse a la vida disciplinada.

1 comentario:

RICHARD dijo...

Hola:
Soy profesor de educación primaria,de Trujillo - Perú; y puedo ver en los últimos años hacia donde está yendo nuestra niñez. Se que la culpa no es de ellos , si no de los padres. A veces nos echan la culapa a nosotros como docentes,que no sabemos disciplinarlos. Y por otro lado las autoridades educativas nos amenazan con sancionarnos si los tocamos. Cómo proceder? Veo a diario sobre la consecuencia juevenil y los resulatdos en nuestra sociedad y temo mucho que ese es el futuro de nuestros niños y no s´´e que hacer. Había leido hace algunos sobre lo que la biblia decia sobre como disciplinar al niño, y estuve buscabndo y encontré este blog y me pregunto: Es que los psicólogos no piensan en esta forma de disciplinar? Ellos dicen que los traumaremos si los castigamos, lógico que hay personas que maltratan físicamente al niñó, pero no todos. La verdad me siento impotente ver como niños se convierten en pandilleros y mientras tanto los psicólogos y autoridades educativas nos quieren sancionar.